domingo, 8 de marzo de 2015

YANKEE CLIPPER

Al Bat





·       Hoy en su aniversario de fallecimiento, 8 de marzo,  recordemos juntos al gran Joe DiMaggio





Por Jesús Alberto Rubio

Cuando en 1936 Joe DiMaggio a sus 21 años de edad llegó a los Yankees en medio de fanfarrias y expectativas traía una elocuente tarjeta de presentación investido de récord: 61 juegos consecutivos pegando de hit con sus Focas de San Francisco en la Liga del Pacífico de EU.

Además, había capturado el título de producidas con 169 carreras, lo que le dio el mejor contrato de la época para un novato con los Yankees por 25,000 dólares.

Su aparición el 3 de mayo en el line up no podía ser mejor: triple y dos sencillos en la victoria de 15-4 de N.Y. sobre los Cafés de San Luis. En su espalda lucía el número 9, el cual pronto cambiaría por el famoso 5 de toda su vida.



Cuando apareció en los entrenamientos de primavera, recibió del inmenso Babe Ruth, quien un año antes se había retirado para irse a jugar su última temporada a los Bravos de Boston, un supremo cumplido:

En su visita al clubhouse yankee, el Babe  le saludó de mano y le llamó “Hey Joe”, algo que a todos sorprendió porque solía decirles “Doc” a los veteranos y “Kid” a los novatos. Ruth, tenía la característica de ser desmemoriado y difícilmente llamaba a alguien por su nombre.

Su aparición, coincidió con el ocaso de la carrera de Lou Gehrig ya que el 2 de mayo de 1939, puso fin a su racha de 2,130 partidos jugados consecutivamente con los Yankees.



Ese día no salió al campo contra los Tigres de Detroit en el Briggs Stadium. Y nunca más volvió a jugar. Babe Dahlgren tomó su sitio en la primera base y Nueva York venció 22-2 a los bengaleces.

Gehrig dejaba el beisbol a causa de causa de una esclerosis lateral amiotrófica que le llevó a la tumba el 2 de junio de 1941. A ese mal aún se le conoce como “La enfermedad Gehrig”.

Quedaba atrás grandes jornadas triunfales en los años 20 y 30 con los Bombarderos de N.Y... al lado del adorado Bambino.

Pero DiMaggio ya estaba liso para continuar con la dinastía y orgullo Yankee.



Respondió a las expectativas.

Y el gran novato, de ascendencia italiana, respondió a las expectativas al conectar .323, pegar 29 jonrones y producir 125 carreras, siendo el líder en triples con 15 y en asistencias en el jardín central, con 22.

Además, impuso nueva marca en el circuito para un novato, con 132 anotadas en la campaña y de haber ya existido la nominación “Novato del Año”, Joe lo hubiese ganado... de calle.

Por supuesto que los Yankees con la gran ayuda de DiMaggio, obtendrían el banderín con 19.5 juegos de ventaja sobre Detroit.

El banderín lo aseguraron el 9 de septiembre, la fecha más temprana en la historia de una campaña en la Liga Americana y terminaron ganando 102 juegos para nueva marca de la época.



Y, en la Serie Mundial, vencerían en seis juegos a los Gigantes de Nueva York en la que DiMaggio contribuyó con 9 hits (pegó 3 dobles; la cifra más alta del clásico) y promedió .346.

Fue aquel inolvidable clásico en que peloteros y fanaticada volvieron a subirse al Metro (Subway) tal y como había sucedido en 1923 en que para ir a jugar al Polo Grounds y al Yankee Stadium se trasladaban en ese romántico y tradicional medio de transporte.

Los Yankees volvían al primer plano.

El jonrón “anunciado”



En 1932 habían obtenido el clásico de Octubre (4-0) sobre Chicago Cubs, en aquella serie otoñal en la que el gran Babe Ruth, en el Wrigley Fields, le pegó un “jonrón anunciado” a Charlie Root que se convirtió en leyenda.

En aquel histórico partido, Ruth pegó jonrón en el primer inning después de que los jugadores de Chicago lo habían abucheado sin piedad. Luego en la quinta, de nuevo le molestaron con rudeza, pero el Babe hizo de las suyas: dejó pasar dos strikes y en cada uno indicó con los dedos de la mano derecha la cuenta que llevaba.

Entonces el gran Bambino apuntó hacia las gradas del right-centro y al siguiente lanzamiento de Root, lo puso de jonrón sobre aquel lugar para sorpresa de toda la fanaticada que no daba crédito a lo que acaba de presenciar. Sería su último jonrón (15) en Series Mundiales.

Su mejor equipo

Bill Dickey, Lou Gehrig, Joe y Tony Lazzary.

Joe DiMaggio siempre dijo que su mejor equipo fue precisamente el de 1936. Bueno, ahí estaban seis futuros Salón de la Fama: Lou Gehrig, el segunda Tony Lazzeri, el catcher Billy Dickey, los pitchers Red Ruffin, Lefty Gómez... y él mismo.

Gehrig, por ejemplo, ese año fue el Jugador Más Valioso al pegar .354 y liderear a la liga en jonrones (49), impulsadas (152), bases (130) y slugging (.696);  Franckie Crosetti  logró anotar 130 carreras y Dickey bateó .362 y 22 vuelacercas.

Pero lo más grandioso de la temporada fue que implantaron un récord que figura como indeleble en los registros de la historia de Grandes Ligas: 600 carreras impulsadas entre 5 peloteros: Las 152 de Gehrig, 125 de DiMaggio, Tony Lazery (109), George Selkirk (107) y Dickey, 107.

Joe conservó lo que fue su primer anillo de oro de aquella Serie Mundial.

Pero, resulta que los otros ocho anillos también de banderines en clásicos otoñales, le fueron robados en los años sesentas en su cuarto de hotel de Nueva York.

Empero, el propietario de los Yankees, George Steinbrenner, mandó a hacer réplicas de cada uno y en 1979 se los obsequió como prueba de eterna amistad.



Pero, retrocedamos en el tiempo:

La familia DiMaggio

Guiseppe Paolo DiMaggio (Joseph DiMaggio), nació el 25 de noviembre de 1914 en Martínez, California y a la edad de seis años su familia se trasladó al sector norte de la playa de San Francisco, una estable comunidad de pescadores comerciantes habitado por una gran cantidad de emigrantes italianos con fuertes lazos con la familia, la iglesia católica y tradiciones de su nativa Sicilia.

Fue uno de esos hijos de inmigrantes italianos que llegaron a Estados Unidos, procedentes de Sicilia. Su padre Guiseppe y su madre, Rosalie, tuvieron cuatro mujeres y cinco varones.



De sus hermanos, Dominic y Vice, llegaron a Ligas Mayores, no así Tom y Mike que se quedaron ayudando en la pesca y reparando redes con su señor padre... y qué clase y calidad de cangrejos del Pacífico se capturaban en esa época.

Dominic jugó diez temporadas con Boston y Vince otros tantos, aunque con cinco equipos diferentes.

Años más tarde, el glorioso mánager Casey Stengel diría de los tres: Joe, el mejor bateador; Dominic, el mejor fildeador y Vince,... el mejor cantante”.

De jovencito a Joe le gustaba ir a jugar beisbol en lo que fue conocido como El Club Local de Chicos, un avispero de peloteros en ciernes y donde comenzó a probar suerte. Era su sitio favorito. Tanto que decidió abandonar la high school para irse a trabajar a una cañería y meterse a la pelota semiprofesional, como campo corto.



Estaba decidido a ir tras las huellas de los peloteros irlandeses y alemanes que habían llegado a Ligas Mayores, por lo que a sus 17 años, en 1932, firmó con Las Focas sólo que el short era Augie Galan, considerado de los mejores, por lo que muy seguido estaba en la banca, alcanzando a ver acción en tres partidos para batear en esa campaña un pobre .222.

Sin embargo, a la siguiente temporada el mánager lo envió al jardín derecho y ahí jugó como si hubiera sido todo un veterano.

Más tarde, pasó al jardín central, donde comenzó a demostrar su enorme capacidad y grandeza: impuso la marca de 61 juegos pegando de hit; pegó .340 de bateo, dio 28 jonrones y con 169 producidas le dieron los títulos en cada uno de esos departamentos.

Ya era un héroe local.

Con Connie Mack.


Se había convertido en un éxito de la noche a la mañana. Y todavía venía lo mejor. Era, sin duda, el máximo representante de los peloteros de ascendencia italiana que llegaron a EU. Tenía mejor nivel; más que Crosseti, más que Lazzeri, más que todos.

En 1934 conectó para .341 pero una lesión en su rodilla al bajar de un taxi, puso en peligro su carrera en el beisbol:

Medias Rojas, Piratas y Yankees querían su contrato y fueron éstos últimos quienes ganaron la partida, porque buscaban de forma urgente el talento que reemplazara a Babe Ruth, entregándoles cinco jugadores de Liga Menor y pagando 25 mil y no los 70 mil dólares que pedían, las Focas.

Su contrato fue uno de los más grandes negocios de la época.

En la transacción, el 19 de diciembre de ese año del 34, los Yankees también mandaron a Las Focas al infielder De Farrell, a los pítchers Floyd Newkirk y Jim Densmore; al primera base Les Powers y al jardinero Ted Norbert.

Lo asignaron en la campaña del 35 al mismo equipo californiano y ahí de nuevo volvió a demostrar que era calidad pura al acumular .398 de bateo, pegar 34 cuadrangulares y empujar 154 carreras.

Tal actuación, aumentó entre la fanaticada del Bronx por verlo jugar en el Yankee Staidum.

Y en realidad, estaban a punto de ser testigos del nacimiento en Ligas Mayores de uno de los más grandes impulsores de la dinastía y orgullo Yankee, como ya lo habían hecho Ruth y  Gehrig.

Causó gran expectación



De ahí, la expectación cuando arribó en 1936 con los Bombarderos y, debido al enorme apoyo de sus compañeros de equipo, no sintió la presión de comenzar a jugar y vivir en la gran Urbe de Hierro.

Su debut lo hizo como jardinero izquierdo pero fue cambiado al derecho por su fuerte brazo. Empero, la historia nos cuenta, de manera trágica, cómo fue enviado al jardín central:

En julio 28, DiMaggio y el central Myril Hoag se lanzaron por una línea de Goose Goslin, de Detroit, pero chocaron de frente con sus cabezas. Hoag fue retirado del campo colapsado por un coágulo sanguíneo en su cerebro y no fue hasta ocho meses después cuando retornó al juego.

DiMaggio fue movido en agosto 1ro. al jardín central y ahí se mantuvo por el resto de su grandiosa carrera.

En su segundo año, 1937, le fue mejor:



Fue líder jonronero con 46, la cifra más alta en su carrera y  récord para un bateador derecho del club hasta este 2005 en que lo pasó Alex Rodríguez, en anotadas con 151, total de bases (418) y en slugging con .673; produjo 151, dio 35 dobles, 15 triples y promedió .346. ¡Nada!

También quedó en segundo lugar en las votaciones para el Jugador Más Valioso, título que obtuvo Charlie Gehringer, de Detroit, campeón bat (.371).

Por supuesto que NY fue campeón del circuito, 13 juegos arriba de Detroit y, con enorme poderío, repitieron banderín mundial al vencer a Gigantes de Bill Terry en 5, ayudando con .273 y su primer jonrón en series otoñales.

“El Valle de la Muerte”



Ese 1937 dijo que de jugar en un parque más cómodo para batear y barda más cercana por el jardín derecho, lucharía por pegar ¡70 jonrones!, cantidad que, al paso del tiempo (1998), Mark McGwire lograría para el nuevo récord, que luego en el 2002 supero con 73 Barry Bonds.

 Y es que al jardín izquierdo del Yankee Stadium se le conocía como “El Valle de la Muerte”, por el cual pegó cientos de batazos de 400 pies... que fueron outs.

Por ello, su más grande frustración fue en el sexto juego del clásico mundial del 47 cuando conectó un obús de 415 pies que iba de jonrón por el izquierdo-centro y fue dramáticamente atrapado por Al Gionfriddo:

Joe, no podía creerlo y, cuando estaba a la altura de la segunda base, pateó el terreno de coraje y luego ya en su posición en el jardín, daba vueltas a su alrededor, sin poder aceptar lo que había sucedido. De todas formas, Nueva York ganaría en dramáticos siete juegos el clásico a Dodgers de Brooklyn.

Una nueva era



El nuevo ídolo del beisbol se dio tiempo, ya con dos tronos mundiales, para actuar en la película “El Carrusel de Manhattan”, donde tuvo su primera y última aparición pública como cantante, en un pequeño papel del filme en blanco y negro donde se le ve gallardo, elegante, vestido de traje.

Dentro y fuera del terreno de juego, DiMaggio comenzaba a ser gran figura nacional, de grata notoriedad.

En 1938, entró en negociaciones y disputa salarial con NY que le ofrecía 25 mil dólares por temporada, lo cual rechazó y se fue a entrenar a otro campo fuera del Yankee Stadium, de tal forma que no alineó en el partido inaugural en Boston.

Incluso se fue al muelle de pescadores, en la bahía de San Francisco, donde junto con su familia habían inaugurado un restaurant, con comidas típicas italianas, como uno de los mejores atractivos del área.

Finalmente, capituló ante Jacob Ruppert, propietario de los Mulos, sin mostrar algún rencor y luego entendió el por qué recibió abucheos de la fanaticada cuando volvió al terreno de juego: Todavía no terminaba la recesión económica y había más de ocho millones de desempleados por toda la Unión Americana.



Con todo y ello, demostró que estaba compaginando la era DiMaggio: Inspiró a los Yanquis para que lograran su tercer banderín del circuito en forma consecutiva al pegar .324, impulsar 140 y conectar 32 vuelacercas.

Luego, con cuatro carreras anotadas, un jonrón y .267 de bateo, ayudó a los Yankees a obtener su tercera corona mundial consecutiva al limpiar en cuatro juegos a los Cachorros.

Aquel 1938 fue el año en que el gigantón Hank Greenberg, de Detroit, puso a temblar la marca de 60 cuadrangulares de Ruth (impuesta el 27), al conectar 58 de cuatro esquinas.

Fue también la campaña del enorme Bob Feller, quien con Indios impuso marcas en ponches (18) en un juego y de 240 en rol regular.

Cuarto banderín mundial



En 1939, cuando impactan los filmes “Lo que el Viento se Llevó”, “El Mago de Oz” y empezaba la II Guerra Mundial, DiMaggio, los Yankees obtuvieron su cuarta corona seguida.

Joe, logró el título de bateo con .381, el más alto de su carrera, y el primero de los tres trofeos de Jugador Más Valioso que obtuvo en su carrera y de nuevo los Mulos aparecieron en el Clásico de Octubre, ahora ante Cincinnati a quienes limpiaron en 4 y donde ayudó con .313 y otro cuadrangular.

Yankees llegaban así a 4 banderines mundiales consecutivos, algo fuera de serie y todos los reflectores giraban en torno a los Yankees y... DiMaggio.

Fue ese año cuando el locutor de los Mulos, Arch McDonald, le puso el famoso sobrenombre de “Yankee Clipper” por su majestuosidad en el fildeo.

Clase y talento



Como jardinero central era el mejor de todos, con una gracia, clase, estilo y habilidad increíbles.

DiMaggio se caracterizaba por ser el primero en salir de la caseta y partía volando hacia el jardín; también era muy inteligente para correr las bases. Tenía estampa y personalidad y todos los ojos de la fanaticada estaban fijos en él.

Fue toda una una inspiración y la prueba es que Nueva York construyó equipos alrededor de este líder del todo impresionante. Así como iba DiMaggio, así iban los Yankees.

“Era maravilloso contemplarlo y verlo jugar; reflejaba clase, talento y era el más grande héroe para los chicos de esa época. 


Además, simbolizaba el orgullo Yankee, como antes lo habían hecho Ruth y Gehrig, imponiendo el nivel de oro del beisbol”, decían periodistas de esos años, cuando el admirador número uno del jugador casi perfecto, lo fue ni más ni menos que el presidente Roosevelt.

Tenía también algo que llamaba la atención y que se calificaba como una rareza en el beisbol: Su forma tan amplia de pararse en jom. Y todos querían imitarle.

También 1939 significó el retiro de  Lou Gehrig con sus 2,130 juegos seguidos.

Y algo más sentimental:



Un 19 de noviembre de 1939, el mítico jugador de Yankees, Joe DiMaggio, llegaba al altar con la actriz Dorothy Arnold, su primera esposa. La joven actriz de 21 años y el beisbolista se conocieron durante el rodaje de ‘Manhattan Merry Go-Round’, película en la que DiMaggio tuvo un breve papel. La pareja tuvo un hijo, Joe DiMaggio Jr.


En noviembre 19 de ese año, Joe se casó con la rubia artista de Hollywood, Dorothy Arnold en la iglesia de San Pedro y San Pablo de San Francisco, mismo lugar donde habían celebrado su primera comunión.



Y en octubre 23, tuvo su único hijo, Joe Jr. Pero, en los días finales de 1943, se divorciaron y el niño quedó bajo custodio de Dorothy.


En 1940 Yankees se quedó dos juegos atrás de Detroit y uno bajo del sublíder Indios, para perder la gran racha histórica. Los Tigres cayeron en la Serie Mundial ante Cincinnati en siete dramáticos juegos.

De todas formas, DiMaggio logró su segundo título de bateo consecutivo, con .352. Pegó 31 jonrones, impulsó 133, dobleteó 43 veces y tuvo once triples.

El siguiente verano, cuando el espectro de guerra ensombrecía a Europa, el beisbol en EU significaba un bálsamo para el espíritu.

He iba a venir algo para la historia:

El gran récord

1941 le auguraba a DiMaggio algo fuera de serie:

A sus 26 años, medía seis pies y dos pulgadas y 200 libras de peso. En los juegos primaverales, bateó de hit en los 19 juegos de exhibición y luego 8 en en los primeros de la temporada regular.

Llegó el 15 de mayo:



Los Yanquis jugaban para .500 (14-14) bajo la dirección de John McCarthy y en los dos juegos anteriores se había ido de 0-3 contra Bob Feller y de 0-4 ante Mel Harder. Ahora iban contra Chicago.

McCarthy estaba molesto con el equipo luego de recordar que un año antes Detroit les había cortado la racha de cuatro títulos de liga y de Serie Mundial seguidos, de tal forma que los ánimos newyorkinos estaban caídos.

Esa tarde, ante la amenaza de lluvia, el parque concentró a poco menos de 10 mil aficionados en las tribunas y fue ahí, ante el zurdo Edgar  Smith, “bravo como un bulldog”, diría Rizzuto, ante quien DiMaggio iniciaría su formidable racha de... 56 juegos consecutivos pegando de hit. Algo formidable, para la historia.


Medias Blancas ganó 13-1 y Joe impulsó con hit la única carrera de NY.

Al siguiente partido, pegó triple y jonrón de 450 pies... ganó yanquis y ya llevaba dos juegos pegando de imparable.

El récord para Yankees era de 29 juegos y lo tenían Roger Peckinpaugh, en 1919, y Earl Combs, desde 1931.



El 17 de junio, ante Medias Blancas, los rebasó, aunque con una angustia de a buenas por lo que vale la pena contarlo en detalle:

En la séptima no había podido conectar de hit y dio entonces un rodado por el short que parecía fácil, pero de último momento dio un mal bote y le pegó al torpedero Luke Appling, quien recuperó la pelota y tiró a primera pero ya fue tarde.

Sus compañeros esperaban ansiosos lo que se iba a marcar.

En aquel entonces la pizarra del Yankee Stadium no marcaba hit o error por lo que todos tenían que esperar la señal desde el palco de anotación, en donde el periodista Dan Daniel diría su última palabra. Después de una espera que lució interminable, Daniel levantó la mano para indicar que era imparable.



Nunca olvidó ese hit ya que fue el único dudoso en toda su racha. Todavía en la octava, Taft Wright le engarzó un tablazo que parecía jonrón para un gran out.

Siempre luchó contra el pitcheo de Chicago, irónicamente, donde inició su gran récord. Ahí dos veces estuvo a punto de perder la racha por dos rolas de mal bote; primero contra Appling y luego frente al tercera Bob Kennedy. Ante el derecho de los Sox, Johnny  Rigney, se fue de 1-3, 1-5, 1-4 y 1-3.

Por poco y...

DiMaggio, siete veces llegó a su última oportunidad al bat sin conectar de hit, pero lo más dramático ocurrió en el partido 37 frente a los Cafés de SL en junio 26:

El lanzador de submarinas Eldon Auker lo había dominado en tres ocasiones y al cerrar la octava Joe era el cuarto bateador del ining, ganando Yankees por dos carreras.


Con un out, Red Rolfe recibió base y el siguiente bat, Tommy Henrich, temiendo batear para doble play volteó a ver al mánager Joe McCarthy y le preguntó si podía sacrificarse. “Adelante, hazlo”, le dijo y así ocurrió, lo que le dio oportunidad al Clipper de venir al bat y... pegar doblete al primer envío. ¡Uff!

La presión era muy fuerte, tanto que hasta el torpedero Phil Rizzuto se pegaba un chicle debajo de su gorra para la buena suerte. Sus compañeros sufrían cuando pasaban los inings y no podía conseguir imparable.

Todo mundo estaba pendiente de su racha. Los periódicos y la radio le seguían partido tras partido. El público, le acosaba en todo lugar para pedirle un autógrafo.

Joe mejor optaba la mayoría de las veces por quedarse escondido en su departamento y, en las giras, en su cuarto de hotel.



Una vez su compañero Johnny Murphy lo encontró en la última fila del cine Broadway. Evitaba que el público lo viera.

Ir a un restaurante, significaba que sus admiradores le iban a maltratar su ropa. Por eso en las giras comía en su cuarto. Algunas veces, al abrir la puerta, tenía enfrente hasta 50 muchachos en espera del autógrafo.

El lugar más seguro para él, sin duda, era el parque de pelota en donde los fanáticos no podían llegar, ni al vestidor ni al terreno. DiMaggio solía vestirse despacio antes de los juegos y todavía más lento al terminar el partido. Incluso, llegaba a beberse hasta 23 tazas de café en cada jornada.

Según Phil Rizzuto, DiMaggio tenía una forma especial para descansar durante el juego: Cuando no le tocaba batear, se sentaba tranquilamente cruzando las piernas y con los ojos semicerrados y siempre escogía el mismo lugar, cerca del pasillo de donde se salía ocasionalmente para darle unas chupadas a un pitillo.

En esos días, de haber estado ya la televisión, las cámaras hubiesen captado en el dougout a un DiMaggio nervioso, tomando café y fumando cigarros entre los innings.



De hecho, algunos de sus compañeros se atreven a decir que Joe no hizo muchos amigos cercanos en el equipo y que con frecuencia sufría de insomnio y de úlcera.

En realidad, la presión durante la racha, le afectaba más al ir al fidear “pero era imposible quitarme de la cabeza lo que estaba sucediendo”.

Por fuera del parque, procuraba no hablar del asunto. Solía guardarse todo por dentro. Incluso, nunca fue expulsado de un partido.

Una vez, dudó de un strike que le cantaron y por ello miró hacia atrás, pero el umpire le dijo: “Te juro, Joe, que fue un strike”.

En los viajes largos por tren, la mayoría de los yanquis se juntaban para platicar, pero DiMaggio casi siempre estaba solo, sobre todo si la conversación no era de beisbol.



DiMaggio era por demás especial. Incluso, por su forma de ser, nunca le daba por hacer bromas a sus compañeros o simplemente payasear dentro y fuera del campo de beisbol.

El 29 de junio, en Washington, empató y superó en un doble juego la marca moderna de 41 juegos, impuesta en la Americana por George Sisler en 1922. En el primer partido le pegó doble al nudillero Emil “Dutch” Leonard en el primer y, en el segundo hit al relevista Arnold Anderson.

Sisler, diría: “Este hombre todo lo hace natural. No es cuestión de suerte su racha, simplemente es un gran bateador”.



Dos días después, volvió a hacer historia:

Con un jonrón sobre el derecho Heber “Dick” Newsome, de Medias Rojas, terminaría con una legendaria marca de 44 juegos consecutivos pegando de hit que prevalecía desde 1897 y que poseía en la Nacional Wee Willie Keeler, de los Orioles, en aquella época del beisbol del siglo pasado que tenía otras reglas, como aquella de que un foul no contaba como strike y que los guantes y los bats eran muy distintos, entre otras cosas.

Le robaron el bat

Cuando impuso marca de 45 juegos seguidos pegando de hit alguien le llamó por teléfono para decirle que sabía dónde estaba el bat que había extraviado días antes. En tanto había estado utilizando el de Tommy Henrich. (En esos días cada pelotero tenía un solo bat).

La voz anónima le comunicaba que un amigo suyo lo había robado para presumir que era de su propiedad, pero que ahora quería devolverlo.

Joe le dijo que no había problema alguno y cuando llegó al parque el 4 de junio, lo encontró en el vestidor. Se sintió feliz y se mostró ansioso por probarlo de nuevo.

Al siguiente día, de sol en Nueva York, frente a Atléticos de Filadelfia, conectaría con ese bat su jonrón 19 de la campaña.

Otra ocasión, Johnny Babich le dio boleto intencional en su primer turno y luego quiso repetirlo en el segundo: “Me alejé unas cuantas pulgadas, y cuando llegó la pelota, se la conecté entre sus piernas. Nunca me sentí más satisfecho”.



Todo terminó en Cleveland

Con todo y ello, DiMaggio seguía “caliente con el bat”, acaparando todos los comentarios y titulares a pesar de que “El Gran Escupidor”, Ted Williams, estaba a punto de convertirse en el último pelotero en batear arriba de los .400.

La tarde del 16 de julio en Cleveland unos 15 mil eufóricos aficionados no se imaginaban que iban a presenciar los últimos tres hits que coleccionó en su enorme racha ya que todo terminaría al siguiente partido:

Y así fue:

El 17 de julio ante 67,468 fanáticos, la entrada más grande de la temporada en el estadio Municipal del Lago Erie, no pudo conectar de imparable frente al abridor, veterano de 33 años, Al Smith (12-13 ese año) y el relevista Jim Bagby Jr. (9-15), quienes fueron ayudados por dos geniales atrapadas del tercera Ken Keltner, de Cleveland.

Esa noche, con pasto mojado porque horas antes había llovido, Keltner le jugó profundo y pegado a la línea izquierda ya que Joe nunca tocaba la pelota:





“Bien, dos veces envió sus balazos pegados a la raya. Tuve que jugar a guante volteado las dos veces, componerme y tirar a primera. Lo saqué out por una pestaña, en ambas ocasiones”, dijo Ken después del histórico partido que lo lanzó a la fama como héroe... ¿O villano?

Esa noche hubo otro momento, dramático, que pudo haber cambiado la historia:

En la octava, frente a Bagby (murió en 1988 de cáncer a los 71 años de edad y no hablaba desde 1982 cuando le extirparon la laringe maligna), pegó una línea al short Lou Boudreau, pero en el último instante la pelota tuvo un bote extraño y pasó por encima de su hombro.

Parecía el hit 57, pero...

Rápido como era, tomó la esférica que se anidaba en su oreja y a mano limpia la depositó en segunda base para iniciar una doble matanza... y adiós racha. Todo había acabado: Se había ido de 3-0, con una base por bolas.



Boudreau, quien más tarde sería mánager de Cleveland, cuando Beto Avila jugó en Ligas Mayores y en aquel 1954 en que se coronó campeón bat (.341), había hecho una de sus clásicas jugadas.

Pero fue Keltner el que salió del estadio bajo escolta policiaca pues había cientos o miles de seguidores de DiMaggio en Cleveland. (NY. ganó ese partido 4-3).

Lo cierto es que al siguiente juego después de establecer el gran récord, DiMaggio inició una nueva de 17, lo que quiere decir que hubiese terminado con ¡73 juegos consecutivos pegando de hit!

Joe DiMaggio vislumbraba una nueva era en esta especialidad; había terminado con la legendaria marca de  Wee Willie Keeler  y, antes, de George Sissler.



Joe le dio el crédito de su notable récord a sus compañeros de equipo, pero sí recordó aquella famosa frase creada por Keeler, “Dales donde no están”.

Cuando sus 56 hits, el gran Yankee acumuló .408 y sólo abanicó la brisa... 5 veces. De hecho, en la temporada sólo se ponchó trece veces y recibió 76 bases. Rara vez abanicaba la brisa.

En cuatro de los 56 juegos, llegó a tener jornadas de 4-4, con 35 extrabases y en 34 veces se fue solo con un hit.

En ese período, pegó .364 en sus primeros 30 juegos y .457 en los siguientes 26; en total coleccionó 91 hits, pegó 15 jonrones, 6 dobles, 4 triples, empujó 55 carreras y recibió 21 bases.

Todo, frente a 47 lanzadores diferentes, en tanto que NY tuvo 41-13 para porcentaje de .750. (dos juegos terminaron empatados).

DiMaggio finalizó la campaña con .357, tercero de la liga y segundo porcentaje más alto en su carrera; encabezó a la Liga en producidas con 125, fue sublíder en dobles con 43 y cuarto en jonrones con 30. Logró también once triples.



Ese gran truco le hizo ganar su segundo título de Jugador Más Valioso con todo y que en el mismo período de la racha, Ted Williams logró .412 de bateo y terminaría con porcentaje de .406, la última cifra ofensiva más alta en Ligas Mayores). También superó a Bob Feller, que había ganado 25 juegos para Cleveland.

Yankees, claro está, bajo la estrategia del genial mánager John McCarthy, fue el campeón del 41: terminaron 17 juegos sobre Boston y en cinco acabaron con Dodgers, quienes volvieron al clásico desde la última vez, en 1920.

Fue la serie que daba inicio a la acérrima rivalidad entre Yankees y Dodgers de Brooklyn y en la que el catcher Mickey Owen cometió un fatídico pasbol que permitió a los Mulos levantarse en el cuarto choque de una desventaje de 4-3 para ganar 7-4 y ponerse en el clásico arriba en el clásico 3-1.

Cabe recordar que Pete Rose, en 1978, con Rojos de Cincinnati fue el último pelotero que más se acercó a la gran marca, al conectar de hit en 44 juegos seguidos.



El gran Clipper no se sorprendió por el esfuerzo que puso Rose en alcanzar su récord, pero afirmó que luego le molestó su actitud cuando su cadena de hits llegó a su fin:

“Pensaba que Pete podría hacerlo. Tenía muchas cosas a su favor, como ser un excelente pelotero, gran poder y capaz de batear en cualquier cancha. Pero no me gustó el hecho de que cuando fue detenido en su intento, acusó al lanzador por no haberle lanzado una bola rápida al centro”.

Joe DiMaggio siempre dijo que todos sus hits fueron legítimos y que de ninguna manera recibió tratamiento especial de los anotadores oficiales durante su época.

Y en cuanto al futuro de su récord, siempre ofreció la misma respuesta que dio el 17 de julio de 1941: “Alguien lo romperá. Bueno, al menos he estado diciendo esto desde hace muchos años...”.




Inspiró a Hemingway

Inspiró a la orquesta de Les Brown que puso de moda en 1941 la melodía “Joltin Jo DiMaggio” y luego a Simon and Garfunkel en 1968, con “Señora Robinson” que hacían alusión a él; casó con Marylin Monroe y Ernest Hemingway lo utilizó como símbolo en su obra literaria “El Viejo y el Mar”:

Ten fe en los Yankees”; ten fe en los Yankees, hijo mío. Ellos tienen al gran DiMaggio”, dijo Hemingway en su obra legendaria.

Ya era el “Joltin Joe” de Estados Unidos.



DiMaggio fue hizo comerciales para televisión como Mr Coffee (Sr. Café) y el de corn flakes Wheaties, muy popular en los cuarentas, además de convertirse en parte del vocabulario de la familia estadounidense.



Bill Robinson, el famoso bailarín de aquellos años, era gran fanático de los Yankees y solía bailar pasos de tap entre las entradas sobre la caseta del equipo para darle buena suerte.

En Ontario unos miembros de la comunidad italiana formaron un nuevo club llamado Davedi en honor a Dante, Verdi y DiMaggio.

El director de Deportes del principal periódico de San Luis le sugirió al mánager McCarthy que DiMaggio cambiara el número 5 que usaba por el de 56 para recordarse a todo mundo su hazaña, pero no estuvo de acuerdo.

También ese año fue elegido uno de los 10 hombres más interesantes de EU.



Bueno, qué decir de que fue el primer pelotero de Ligas Mayores en alcanzar al terminar la campaña del 48 el contrato anual más alto de la historia: 100 mil dólares.

Una corona otoñal más...

En 1942, tras el bombardeo japonés en diciembre del 41 sobre Pearl Harbor, Estados Unidos decidió participar en la II Guerra Mundial.

DiMaggio tuvo en ese año la única temporada en que jugó todos los partidos del rol regular y colaboró con .305 de bateo, 21 jonrones y 114 producidas.

Esa temporada con 43, 750 dólares logró uno de los dos salarios más altos de Ligas Mayores ya que Ted Williams ganó 40 mil con Medias Rojas.



Nueva York perdió a Johnny Sturm y al jardinero Tommy Henrich porque se enlistaron en el Ejército; aun así ganaron el banderín (sexto en siete años) con 103 victorias y ventaja de 9 juegos sobre Boston y se fueron a la Serie Mundial, ahora ante Cardenales, que sorprendieron ganándoles en 5 juegos apoyados en Enos Slauhter, el novato Stan Musial, Terry Moore, Walter y Morton Cooper y Johnny Beazley.

Los Yankees empezaron ganando con Red Ruffin superando a Morton Cooper, pero luego los Cardenales apantallaron con cuatro victorias en línea.

Joe bateó .333, su segundo promedio más alto en Clásicos de Otoño, sólo superado por el excelente .346 que tuvo en 1936.



Entre 1943 y 1945, estuvo en el Servicio Militar, con un sueldo de 21 dólares mensuales y jugó beisbol para beneficio de los soldados. Nunca fue al frente de guerra, como sucedió, por ejemplo, con Ted Williams, quien participó en varios combates aéreos.

A Joe lo substituyó en el jardín central Johnny Lindell, quien en esa campaña sólo conectó 4 cuadrangulares, empujó 51 y bateó alrededor de .245. De todas formas N.Y. volvió a ganar el campeonato y en el Clásico de Octubre se enfrentó de nuevo a Cardenales venciéndolos en cinco partidos.



Su retorno del Ejército

En 1946, junto con Phil Rizzuto, Charlie Keller, Joe Gordon y Henrich, DiMaggio regresó a los Yankees ya como un veterano de 31 años de edad; tuvo problemas para ponerse en forma y una lesión en su talón izquierdo le hizo perder muchos juegos, sin que nunca cesara el dolor. Además, N.Y., no estaba en su mejor nivel, lo que aprovechó Boston para llevarse el banderín.

DiMaggio escuchó abucheos en su propio parque y es que la fanaticada esperaba milagros de él. Sin embargo, aceptó las críticas como un verdadero campeón. Muchos comentaron que su estadía en el Ejército le había vuelto más tranquilo, más humano. Ahora era más fácil conversar con el gran Yankee Clipper.

Fue el único año en que no pudo terminar arriba de los .300 de bateo. Concluyó con .290, 95 producidas y 25 jonrones.



Sin embargo, en el 47 volvió a brillar.

Fue el año del arribo de Jackie Robinson a Ligas Mayores para terminar con la barrera racial que no daba la oportunidad a cientos de talentosos peloteros negros de jugar en la Gran Carpa, como sucedió, por ejemplo, con el legendario Satchel Paige, quien tardó en llegar (a Indios) por un lapso de  ¡20 años!

Con todo y que fue operado del talón en febrero en un hospital de Baltimore y vio acción hasta el quinto juego de la temporada, en su primera vez al bat... conectó jonrón.

Para el 5 de junio, DiMaggio bateaba .368, con una racha de 17 juegos consecutivos pegando de hit.



No escarmentaba el gran Joe. 

Seguía con el bat haciendo sus diabluras.

Ese año pegó para .315, 20 jonrones y 97 impulsadas. ¡Y solo cometió un error!

Por un voto, le ganó a Ted Williams el trofeo de Más Valioso de la Liga Americana, el tercero de su brillante carrera.



Serie Mundial... por TV

Finalmente fue otra vez la bujía para que Nueva York ganara el título del circuito y la Serie Mundial a Dodgers de Brooklyn en siete partidos, ya dirigidos por Buck Harris.

Ese Clásico, siempre será recordado: Fue el primero que se grabó y transmitió por televisión (por la cadena NBC), en blanco y negro, en la historia de Ligas Mayores.

La nueva tecnología, había impactado y capturando a la fanaticada y además, con resultados económicos del todo favorables; incluso para la radio por sus derechos de transmisión.

Williams por DiMaggio



Esa temporada, después de una buena trasnochada, los co-propietarios de Yankees y Boston, Dan Tooping y Tom Yawkey, acordaron un cambio por demás inusitado: ¡DiMaggio por Ted Williams!, pero ya sobrios al siguiente día reconsideraron la negociación.

Y es que Yawkey no andaba muy errado:

Después del Rey George III, DiMaggio fue la más grande tormenta para Boston. El conectó de visitante en el Fenway Park 29 jonrones de por vida, de modo que imaginemos cuántos hubiese pegado de haber jugado con Medias Rojas.

En el 48 los problemas físicos volvieron:

Inició bien la campaña pero comenzó a sentir un dolor en el pie derecho, que casi le era insoportable. Aún así, salía al campo de juego a darlo todo.

Los Yankees estuvieron metidos en la pelea hasta el final con Medias Rojas y Cleveland, pero fueron eliminados en el penúltimo día de la temporada, en Boston.

El Yankee Clipper jugó el último partido y conectó cuatro hits. En la novena conectó un batazo de aire contra la barda del jardín izquierdo y se tuvo que parar en primera para un largo sencillo.

Cuando caminaba, parecía como si alguien me puso un picahielo en el talón”, recuerda.

Ese año terminó con .320, lejos del .369 del campeón bat, Ted Williams, pero encabezó al circuito en jonrones (39) e impulsadas (155), su cifra más alta desde 1937.

Fue la vez en que más cerca quedó de llevarse la Triple Corona de bateo y, como recompensa tras pedir 70 mil por compaña, los Yankees le firmaron por ¡100 mil! para convertirse en el mejor pagado en la historia de Ligas Mayores.

Lou Boudreau que llevó al banderín a los Indios, ganó el título de Jugador Más Valioso, pero los cronistas nombraron a Joe, Jugador del Año.

Siguen las lesiones



Al término de esa temporada, DiMaggio fue de nuevo al hospital para una nueva operación (en noviembre), de tal forma que al comenzar los entrenamientos en febrero de 1949, sentía fuertes dolores y no pudo jugar en los partidos de exhibición. Su talón le dolía constantemente y, la campaña en puerta, le iba a ser por demás turbulenta.

Sus lesiones, eran ya noticia nacional.

El 4 de mayo murió su padre y viajó a San Francisco en muletas para asistir al funeral. Y mientras se recuperaba de la lesión, se mantuvo casi siempre recluso en el hotel, viendo solamente a sus amigos más íntimos y a uno que otro reportero.

Muchos pensaban que no podría volver a jugar y que ya estaba acabado para el beisbol. Sin embargo una mañana salió de la cama y al ponerse las pantuflas notó que el dolor había desaparecido.

El 14 de junio los Yankees regresaron de gira y acudió al estadio para su primer entrenamiento en mucho tiempo y fue tanta la práctica de bateo que terminó con las manos ampolladas.

Pero ya estaba listo para su retorno después de 65 juegos de temporada, aunque antes de ver acción fue con un ortopedista que le diseñó un zapato de beisbol para proteger su pie averiado.

Casey Stengel, era el nuevo mánager de Nueva York. Y como timonel Yankee, también comenzará a escribir notables páginas de oro en el beisbol.

Yanquis tenía serie contra Boston. Joe tomó el avión y a partir de la segunda entrada del primer juego, en medio de gran ovación, tendría una reaparición a su estilo: hit y cuadrangular. En total, durante los tres juegos, batearía cinco hits, cuatro de ellos jonrones para .455; nueve producidas y 17 bases conseguidas.

Más tarde, confesaría que esa fue la mejor serie de su vida y cuando llegó al Yankee Stadium lo esperaban miles de telegramas y cartas que lo felicitaban por su gran retorno.

Al finalizar la campaña, Boston iba a jugar dos partidos en Nueva York y con uno que ganara, era el campeón. Pero Yanquis triunfó dramáticamente 5-4 el sábado y 5-3 el domingo con todo y que DiMaggio traía una tremenda gripa y temperatura de 104; pero aun así, no quiso perderse la contienda diciendo que iba a estar con su equipo hasta el final.

Su señora madre, quien estaba muriéndose de cáncer, había llegado a NY junto con Joe Jr., convirtiéndose en el centro de atracción ya que su otro hijo, Dominic, estaba con Medias Rojas.

Un reportero le preguntó que si a quién le iba, y contestó que a favor de los dos, pero que le gustaría que ganara Dom ya que Joe había triunfado demasiado.



El día de la coronación, los Yankees le tenían preparado un homenaje a DiMaggio, quien recibió muchos regalos, como un cadillac, una lancha de motor, un televisor, joyas, relojes, un auto y una bicicleta para su mamá e hijo, entre otros valiosos obsequios que le hicieron llorar por segunda vez en su vida de adulto; como sucedió en la despedida de Gehrig. Sólo alcanzó a decir “Gracias al buen Dios por haberme hecho jugador de los Yanquis”.

Primer juego nocturno

Yanquis ganaría el clásico Mundial en cinco a Dodgers, en una Serie otoñal que trascendería por algo inusitado el 9 de octubre en el Ebbets Field de Brooklyn:

El partido del quinto juego llegó a la novena entrada ganando Yanquis 10-6 y las tinieblas envolvieron al viejo estadio de los Esquivadores. Surgió entonces la orden del Alto Comisionado A.B. “Happy” Chandler de ¡Prendan las luces!... y a la historia, con el primer juego nocturno de Ligas Mayores.

Joe tuvo un pobre .111 de bateo, pero conectó uno de los dos cuadrangulares que N.Y. conectó en la Serie que ganaron 4-1.

Ese año fue junto con un equipo de estrellas de Ligas Mayores a jugar al Japón, acompañándole su hermano Dominic. Miles y miles de aficionados les rindieron gran recibimiento por el aeropuerto y principales avenidas de Tokio.



Joe DiMaggio era el más famoso americano después de Douglas McArthur.

Y cuando conectó un panorámico cuadrangular, los aficionados japoneses gritaron al unísono “¡Bansai, bansai, DiMaggio!”.

Amigo de “Cantinflas”

Mario Moreno “Cantinflas”, sin duda, fue uno de sus grandes amigos, de tal forma que no tuvo dificultad alguna para invitarlo a que ese año del 49 estuviera presente en una de las presentaciones de su obra teatral “Yo Colón”, en la que el gran mimo hablaba sobre el Descubrimiento de América.



La obra se estrenó con gran éxito en el Teatro Insurgentes de la Ciudad de México y luego continuó en el Teatro Lírico donde seguían los llenos y, precisamente, sería en ese escenario, antes del segundo acto, cuando presentó al notable pelotero.

Pidió un momento de silencio y dijo:...“a un amigo mío al que mucho admiro y es el mejor jugador de béisbol que hay en el mundo. Señoras y señores, está con nosotros, en esta sala, el formidable jugador de los Yanquis de Nueva York, Joe DiMaggio”.

Y allí estaba en el escenario, impecablemente vestido, alto, fuerte. Abrazó a “Cantinflas”, le dio la mano y saludó al público levantando su brazo derecho con su eterna sonrisa y luego regresó a su asiento para que continuara la obra.

Al día siguiente DiMaggio se fue a pasear varios días a Acapulco y en un centro nocturno le tomaron una foto cuando la exótica y bailarina Olga Chaviano, una belleza morena, le sacó a bailar, a dar unos pasos en el tablado ante el entusiasmo de los ahí reunidos.

En ese 1949 también se exhibió la película “La Historia de Monty Stratt”, donde DiMaggio aparece en una escena conectando un cuadrangular. Ese film llegó a la Ciudad de México en septiembre de ese año y abordó la vida de aquel excelente pitcher quien en plena juventud, cuando brillaba con Medias Blancas de Chicago, le fue amputada una pierna a causa de un accidente de cacería.



Se acercaba el final...

En 1950 se las arregló para batear .301, traer a jom 122, pegó 32 jonrones, 33 dobletes y 10 triples. Fue  campeón en slugging, con .585.

Los Yankees retornaron a la Serie Mundial y limpiaron en cuatro a los Filis. DiMaggio pegó .308 y un jonrón.

Pero, se estaba acercando a su final.

El gran “Clipper” ya no jalaba tanto la pelota para el izquierdo, como solía hacerlo en antaño con aquella gran facilidad y, sus reflejos, eran lentos.

Ya no era el mismo.

Su último juego

1951 sería su último año como pelotero activo. Incluso el Life Magazine, reportó que Joe estaba listo para colgar los spikes. Esa temporada bateó sólo .263 con 12 jonrones y 71 impulsadas.

El 3 de julio jugó la primera base, única vez en sus 1,736 partidos de por vida que vio acción fuera del jardín. Joe Collins pasaba por un slump y Tommy Henrich, estaba lesionado. “Si alguien me enseñan donde está la primera base, estoy listo”, dijo en broma.

Un mes más tarde, en medio de un slump, lo colocaron de quinto en el orden al bat y luego banqueado, por primera vez en su carrera ligamayorista. El 6 de julio, fue reemplazado en el jardín por el reservista Jackie Densen... algo pasaba.

Con todo y ello, Yanquis fue a la Serie Mundial, pero DiMaggio tuvo de 11-0 en los primeros tres juegos y Gigantes que habían pasado al clásico ante Dodgers con aquel dramático jonrón de Bobby Thompson al cierre de la novena y que “dio la vuelta al mundo”, habían ganado ya dos partidos.



Casey Stangel no se animó a sentarlo. De ninguna manera. En el cuarto juego en la primera entrada le pegó a Sal Maglie un batazo por el jardín izquierdo que se fue hasta el segundo piso de las gradas del Polo Grounds, pero la pelota cayó fuera del terreno de fer. Dio otros cuatro fouls y luego una curva del “Barbero”, lo ponchó.

En la tercera Joe dio hit y en la quinta... jonrón. Yogi Berra estaba en primera y parecía que él había pegado el cuadrangular. Le esperó en el plato y lo acompañó abrazado hasta la caseta donde lo estaban esperando sus compañeros. Sería su último vuelacerca.

En el quinto partido conectó par de sencillos y un doble. Parecía que volvía por sus fueros, como antaño. Y claro, NY ganó los juegos cuarto, quinto y sexto para otro banderín mundial.

En el sexto y último partido, DiMaggio recibió dos bases y al cierre de la octava frente a Larry Jansen, su última oportunidad al bat en el año y de su vida... pegó doblete al callejón del right-centro, que de haber estado bien de sus piernas y su espalda, habría sido triple. La gente, lo seguía ovacionando. Sabía que ese día, 6 de octubre, Joe se marcharía del beisbol.



Enseguida, Gil McDougald trató de enviarlo a tercera con sacrificio, pero Jansen fildeó rápido y lo sacó en tercera. DiMaggio se levantó después de la barrida, se dio un golpe al uniforme para quitarse el polvo y regresó a la caseta. Los aficionados de nuevo se pusieron de pie para darle despedida de rey y muchos gritaban que lo querían de regreso en el 52.

Pero ya no fue así.

Dos semanas después, anunció su retiro. Tenía 37 años de edad y entonces, en rueda de prensa, dijo: “Cuando el beisbol deja de ser diversión, ya no es un juego. Así que he jugado mi último partido”.

DiMaggio finalizó su carrera de 13 años con .325, 361 jonrones y 1,537 producidas. Ganó tres veces el título de Jugador Más Valioso y dos de bateo.

Fue parte de nueve banderines mundiales (Yogi Berra logró 10) con Nueva York, que con DiMaggio en la alineación, tuvo 37-14 en las series otoñales.

En diez series mundiales bateó .271, con 8 jonrones y grandes atrapadas en sus 41 encuentros. Vio acción en todos los 13 años de su carrera. En sus 13 años con Yankees, vio acción en once Juegos de Estrellas. Nunca fue expulsado de un juego.

A Cooperstown



En tanto, en la primavera de 1952, un jovencito de Texas, de 19 años llamado Mickey Mantle, aparecía en el firmamento del Yankee Stadium.

Empezaría otra dinastía... otra era. Y grandiosa.

Cuatro años más tarde, en una tarde soleada de verano en Cooperstown, Nueva York, el legendario Joe DiMaggio fue aceptado oficialmente miembro del Salón de la Fama en el primer año en que su nombre fue considerado.



Y cuando su discurso, el gran “Joltin Joe” habló graciosamente de sus compañeros, de su mánager y de las lecciones que aprendió en el beisbol.

Su número 5 también fue retirado por los Yankees, para unirse a los de Ruth (3), Gehrig (4), Mantle (7), Berra y Billy Dickey (8), Roger Maris (9), Phil Rizzuto (10), Thurman Munson (15), Whitey Ford (16), Don Mattingly (23), Casey Stengel (37) y Reggie Jackson (44).

Se le había ido al beisbol uno de sus mejores héroes de todos los tiempos, pero se agigantaba su leyenda.

Disminuyeron entonces sus apariciones públicas, excepto en Juegos de Veteranos y cuando lo invitaban a lanzar la primer bola de juegos inaugurales o de Series Mundiales, luciendo siempre sencillo, ergido, elegante y una personalidad como pocas.

Se refugió en su restaurant de San Francisco y buscó alejarse de la fama que lo perseguía. Nunca llevó su personalidad más allá del campo de juego. Era beisbolista y ese era su contexto.

Su actitud hacia ser observado como una celebridad, la resumió en una respuesta a la pregunta de si sabía que aquella racha de los 56 juegos pegando de hit capturaría la atención de todo el país: “No tengo la menor idea. Es algo que sucedió y me tocó a mí ser el protagonista”.

Aparece Marilyn Monroe



Mientras que un juez le negaba a Dorothy la petición de más ayuda económica de parte de DiMaggio a Dorothy, en otro juzgado aplicaban una sanción por infracción a las leyes de tránsito a... Marilyn Monroe.

Dos estrellas, dos celebridades, se habían conocido y, Joe, el gran ídolo de millones de admiradores, se había enamorado de la bella rubia y empezó la corte amorosa.

Ella soñaba que con alguien que la quisiera, alguien que le hablara de amor y la llenara de atenciones y halagos. DiMaggio era todo un caballero y le hizo sentir todo eso, por lo que Marilyn se enamoró, posiblemente por primera vez.



Así, el 14 de enero de 1954 se casarían casi en privado el más famoso jugador de beisbol y la más famoso sexi estrella para irse de luna de miel a Japón con las cámaras de televisión encima, con todo y que por su timidez e incomodidad ante la fama Joe buscaba la privacidad. Y más, claro está, al lado de Marilyn.

Se unían dos íconos de la vida estadounidense.



En esos días, junto con otros peloteros de Ligas Mayores, Joe visitó en hospitales y en Vietnam a los soldados heridos para saludarlos, darles ánimos y desearles su recuperación, recordando sus días en Corea. Daba gran alivio su presencia, ya que, después de todo, simbolizaba el orgullo Yankee.

Una ocasión, Marilyn, quien también visitaba a las tropas estadounidenses para entretenerlos con su canto, encanto y presencia, le preguntó si sabía lo que se sentía estar frente a unas 50 mil personas, a lo que le contestó... “Sí, sí lo sé”.



Sin embargo, el matrimonio no iba a durar mucho tiempo. Para empezar, le disgustaba verla en papeles demasiado atrevidos y sexuales y aun cuando aceptaba que fuera actriz, tenía una pobre opinión de la industria del celuloide porque sentía que la explotaba.

Como buen latino, no comulgaba con aquello de que todos los hombres compartieran las cualidades físicas de su mujer. Odiaba que tuviera que exhibirse. Sentía que la veían con deseo. Y... no era para menos.

Seguramente nunca olvidó aquel saludo de Marilyn al presidente Kennedy en el Madison Square Garden de Nueva York, cantándole el Happy birthday con un vestido ajustado y transparente que no dejaba nada a la imaginación y que quedó entre los momentos más destacados del siglo XX.



Una ocasión, acompañado de Frank Sinatra, hizo su entrada a un hotel y llegó hasta su cuarto cuya puerta rompió ya que tenía la seguridad de que Marilyn estaba ahí con un hombre. La pareja que ocupaba la habitación por poco y muere del susto y él no hallaba la forma de disculparse.

Marilyn le quería hacer entender que sólo a él le amaba y que exhibirse era parte de su trabajo. Incluso deseaba de todo corazón tener un hijo, pero la naturaleza le había negado la maravilla de la maternidad. Algo había mal en su organismo que se lo impedía.

Cuando aquella famosa escena que se repitió más de dos ocasiones sobre un respiradero del metro de Nueva York, en la esquina de Madison y Séptima Avenida, en que a Marilyn se le levantaba la falda frente a una multitud de curiosos que presenciaba la filmación, (The seven year itch),  decidió que ya era suficiente y pensó en el divorcio.



Ya había había notables diferencias en temperamentos, gustos y estilos de vida entre ambos, como para seguir viviendo bajo el mismo techo.

Llegó lo inevitable ante los tribunales de California del sur:

De acuerdo a las bases usuales ordinarias de crueldad mental, un juez declaró nulo el matrimonio con todo y que lo lamentaban, decidiendo no llegar a ninguna disputa por propiedad o finanzas entre ambas partes.

Marilyn se hundió en la depresión. Se había ido de su lado la única persona que había amado y se sentía sola y triste. DiMaggio, por su parte, había declarado que la amaba más que a nadie, pero que sería incapaz de seguir viviendo a su lado sabiendo que la exponían como carne en un mercado.

DiMaggio sólo estuvo casado con Marilyn 274 días. Del 14 de junio al 27 de octubre.

Joe y MM en Puerto Peñasco.

Después Marilyn contrajo nupcias con el escritor Arthur Miller, uno de los más famosos intelectuales de los Estados Unidos. Sin embargo éste comenzó a hablar y escribir despectivamente de ella, por lo que el divorcio no se hizo esperar en 1961 y una vez más quedaba sola y con problemas emocionales.

En esos días, DiMaggio siempre le acompañó como amigo y había rumores de segundas nupcias. Pero su temperamento tranquilo no ayudó ni era el remedio para la necesidad compulsiva de amor que ella necesitaba.

Más tarde, la noche del 5 de agosto de 1962, la historia nos cuenta la muerte a sus 36 años de edad, al parecer por una sobredosis de barbitúricos, dejando sin embargo una profunda tela de duda su muerte por su relación reciente que había tenido con el Ministro de Justicia Robert y su hermano el Presidente John F. Kennedy.

Un observador diría en esos días en torno a Joe: “Ha sido su peor derrota en una vida llena de triunfos”.



Después de su muerte, durante un lapso de 20 años, DiMaggio le estuvo mandando rosas rojas a su tumba dos veces por semana, pero dejó de hacerlo cuando se hizo público por la prensa.

Él se hizo cargo de los servicios funerales y no pasaron más allá de 30 invitados, sin que se observara la presencia de celebridades. Ahí estuvo su hijo Joe Jr., con su uniforme de la Marina.

Su gesto de darle una ceremonia fúnebre de toda digna y el envío en secreto de rosas rojas y su repentina interrupción, sugieren, sin duda alguna, la verdadera profundidad de los sentimientos hacia Marilyn Monroe.

Más tarde, en su restaurant, los aficionados podían saludarlo y platicar con el... siempre y cuando no preguntaran sobre Marilyn.

Tutor de una dinastía



Oakland, en 1968 tuvo en DiMaggio un nuevo coach de bateo. Y aunque era conocido como “vicepresidente”, en realidad su trabajo consistía en ser un tutor de las futuras estrellas del equipo, como Reggie Jackson, Sal Bando, Joe Rudi y compañía.

Y los resultados saltaron de inmediato:

De un último lugar, los Atléticos subieron al segundo puesto y más tarde, en 1971, lograron el título de su división para luego caer en tres partidos en el play off ante Baltimore.

Sin embargo, Oakland lograría, a partir de 1972, tres títulos mundiales consecutivos, inspirados por Jackson, Jim Hunter, Vida Blue, “Blue Moon” Odom, Ken Holtzman, Rollie Fingers, Dagoberto Campaneris, Joe Rudi, Ray Fosse...

Además impusieron nueva y vistosa moda en el beisbol con coloridos uniformes, pelo largo, mostachos y hasta una mula dentro del terreno de juego llevaba Charles O’Finley, el excéntrico propietario de esa gran dinastía.



“Estuve asombrado de él. Era un hombre humilde de condición. Y su presencia era irresistible; era el hombre más reconocido que había visto. Podíamos caminar en los aeropuertos y la gente se paraba, lo veía y lo señalaba. Pero creo que a él no le gustaba llamar la atención”, dijo Sal Bando en aquellos días cuando fue otro de los héroes de aquellos famosos y tremendos Atléticos de Oakland. Hoy, Bando es gerente general de los Cerveceros de Milwaukee.



El Centenario del beisbol

En 1969 se celebró el primer centenario del beisbol profesional (1869-1969).

El 21 de julio, en Washington, dos noches antes del Juego de Estrellas, en ceremonia especial nominaron a Babe Ruth el pelotero más grande de todos los tiempos y a Joe DiMaggio el mejor de los activos, ganándole tal premio por escaso margen a Willie Mays.



El clímax era formidable.

Al siguiente día, después de un gran banquete al que acudió lo más grande del beisbol de antaño y de la época, alrededor de 500 peloteros visitaron a Richard Nixon en la Casa Blanca, acompañándoles al acto prominentes personalidades, ejecutivos y periodistas.

Todo Washington estaba conmovido por el gran momento que se vivía y la celebración de los primeros 100 años del beisbol.

Ford Frick, entonces Alto Comisionado, ante el presidente de Estados Unidos, emitió un concepto que lo dijo todo: “Esta conmemoración solidifica la imagen de nuestro pasatiempo nacional”.

Y ahí estaba otra vez el gran Clipper.

En Casa Blanca y el Carta Clara

DiMaggio era frecuentemente invitado a la Casa Blanca y una vez recibió la Medalla Presidencial de Libertad; en otra ocasión, asistió a una cena de Estado con Ronald Reagan y Mikhail Gorvachov.

En 1970, volvió a México: En Marzo 18, junto con el Alto Comisionado del Beisbol de Ligas Mayores, Bowie Kuhn, fue invitado de honor por los Leones de Yucatán, quienes ese año regresaron a la Liga Mexicana.

Más de 15 mil aficionados reunidos en el Parque Carta Clara de Mérida, vitorearon y admiraron al legendario “Clipper” que presenció la victoria de los Leones sobre el Águila de Veracruz (4-1) con pitcheo de Juan Ramón Quiroz.



En 1991 volvió al famoso Paseo de las Rosas, en Pasadena, donde fue homenajeado junto con Ted Williams por el 50 aniversario de aquel inolvidable verano que tuvieron en 1941.

El presidente George Bush, un ávido fanático de los Medias Rojas durante la década de los cuarenta, calificó a Joe como de “Excelencia”.


Pero el tiempo no se detuvo para DiMaggio.

El 25 de noviembre de 1998, celebró sus 84 años de edad internado en el Hospital Memorial de Hollywood, Florida.

Había ingresado el 12 de octubre de ese año y dos días más tarde fue sometido a una cirugía de tumor canceroso en su pulmón derecho.

Volvió a sufrir una infección pulmonar, desarrollando fiebre, por lo que se le trató con antibióticos y su presión sanguínea se le mantuvo con medicamentos.

Su padecimiento y convalecencia, fue preocupación y noticia mundial.

Pero, como siempre: el gran héroe, convaleciente, exigió a sus médicos que no se informara sobre su salud, en tanto llegaban 300 cartas por día para animarle.

Joe logró salir airoso de ese trance, para irse a su hogar, en Florida, donde una noche, cuando se encontraba acompañado de un amigo... un noticiero de televisión anunció sobre su fallecimiento, lo cual le consternó.

Sin embargo, no pudo más.



Poco después de la medianoche del 8 de de marzo de 1999, el símbolo de la época dorada de los Yankees, quien personificara la elegancia y cautivó por si talento, expiraba en su residencia a consecuencia de la serie de complicaciones derivadas del cáncer de pulmón detectado meses antes y una neumonía que deterioró mucho su salud.

Al momento de morir se encontraba con él su hermano Dominic, dos nietos y dos viejos amigos, Joe Nacchio y Morris Engelberg, éste último, informó sobre su deceso.

Su cadáver fue trasladado a California y fue sepultado en San Francisco, previa misa de cuerpo presente en la catedral de San Pedro y San Pablo, donde había recibido su primera comunión.



El Presidente Clinton, tras su muerte, diría: “Hoy Estados Unidos perdió uno de los héroes más venerados del siglo, Joe DiMaggio. Este hijo de inmigrantes italianos les dio a todos los norteamericanos algo en qué creer. Se convirtió en el verdadero símbolo del garbo, la fuerza y el talento de los estadounidenses”.

“Joe DiMaggio fue alguien que personificaba al “Héroe” de Hemingway. Hizo frente a la adversidad con garbo bajo presión”, dijo Joe Dorinson, autor de “Jackie Robinson: Raza, Deporte y el Sueño Americano”, que incluye una comparación entre Robinson y DiMaggio.

Bud Selig, Comisionado del Beisbol de Ligas Mayores, también expresó:

“Para varias generaciones de fanáticos al beisbol, Joe personificó el garbo, la clase y la dignidad en los diamantes. Su persona trascendió los campos de juego y conmovió nuestros corazones. En muchos sentidos, en su condición de hijo de inmigrantes, representó las esperanzas y los ideales de nuestro país. Joe DiMaggio fue un héroe en el sentido más cabal de la palabra. Estar con él, era un acontecimiento que generaba exitación, expectativa y alegría”.



Homenajes en su memoria

En su memoria y como eterna gratitud en el tiempo, el 25 de abril de 1999 fue descubierto un monumento de granito y bronce que evoca su figura, el cual está ubicado atrás del jardín izquierdo del Yankee Stadium, precisamente en el Parque de los Monumentos.

Ahí están inscritos los momentos más destacados de su carrera deportiva y recuerda que en 1969 fue proclamado como el mejor jugador de beisbol aún vivo.

Sólo en otras cuatro ocasiones, en casi un siglo de vida de Yankees, se había erigido un monumento en honor a un jugador de esa franquicia. Los otros son de Babe Ruth, Lou Gehrig, el mánager Miller Huggins y Mickey Mantle.



Allí también, desde 1969, se encuentra una placa en su honor, donde reza “Joe guió a los Yankees a su más dominante era”.

En la ceremonia en la que el cardenal arzobispo de Nueva York, John O´Connor, impartió la bendición al monumento, se encontrarban sus compañeros de equipo Yogi Berra, Whitey Ford, Phil Rizzuto, Hank Bauer, Jerry Coleman y Gil McDougald.

El Yankee Stadium estuvo repleto de fotos de DiMaggio, banderines del equipo con moños negros y no faltaron las lágrimas en recuerdo de tan grande ídolo del beisbol.

Dos días antes, en la iglesia de San Patricio, varias personalidades del deporte, la cultura y la política, asistieron a una misa en su honor oficiada por el cardenal O´Connor, donde además se congregaron cientos de sus amigos y admiradores, entre los que destacaron el cineasta Woody Allen, el ex-secretario de Estado Henry Kissinger, los ex-beisbolistas Bobby Brownn y Yogi Berra, así como el propietario de los Yankees, George Steinbrenner.

La ceremonia fue organizada por el amigo y médico de DiMaggio, Rock Positano, y al término de la misma, O´Connor solicitó que se rindiera una ovación en pie.

Más honor no podía recibir.



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